DIALOGO ENTRE HERMANOS

+Muy Rvdo. Pbro. Lcdo.

CARLOS ALFREDO RIVERO PÉREZ

VICARIO EPISCOPAL PARA ORIENTE ICARVEN

      “Nos y nuestros vasallos, Dios sea loado por ello, no seguimos religiones novedosas ni extrañas, sino la misma religión que CRISTO manda, la que la Iglesia primitiva y católica sanciona, la que aprueban la mente y la voz de los padres más antiguos de común acuerdo”.

(Un fragmento de la carta que Isabel I de Inglaterra escribiera al Sacro Emperador Fernando de España en 1565). 

PRESENTACIÓN 

     “En lo esencial  UNIDAD; en lo no esencial  LIBERTAD; en todas las cosas CARIDAD”  (San Agustín, Obispo de Hipona, África, siglo V).

En su reciente visita pastoral a Inglaterra y otros países celtas, el Papa Benedicto XVI realizó una visita oficial al Arzobispo Primado de la Iglesia Anglicana Dr. Rowan Williams en su residencia  The Lambeth Palace. En el marco del diálogo ecuménico ambos jerarcas han puesto más énfasis en los aspectos que unen a las Iglesias Católica Romana y Anglicana después de que el año pasado el mismo Papa rubricará y proclamará en Roma, la Constitución Apostólica:“ANGLICANORUM COETIBUS. Documento de mayor rango que otorga la Santa Sede, con el cual permite el ingreso de grupos anglicanos disidentes a la Iglesia Católica. A pesar de las críticas a favor y encontra suscitadas de ambos lados, ya se han creado los primeros ordinariatos personales “anglo-católicos”.

El 17 de Septiembre, el Papa y el Arzobispo de Cantórbery, con representantes de las  Iglesias  Luteranas, Metodistas, Reformadas, Ejercito de Salvación, etc., participaron en el rezo de las Vísperas en la Abadía Anglicana de Westminster (Inglaterra), donde hablaron de la unidad de los cristianos, el movimiento ecuménico y de la posición de las Iglesias Cristianas con respecto al papel del Papa, a quien consideran como el Obispo de Roma y Patriarca de la Iglesia Romana.

En una audiencia privada con Obispos Católicos y Anglicanos ambos prelados destacaron los puntos que nos unen en una sola fe, un solo bautismo y un solo Señor y Salvador Jesucristo. Después de estas reflexiones, oraron juntos el Padrenuestro y profesaron su fe recitando el Credo Niceno. El camino y diálogo teológico ecuménico continúa su marcha celebrando lo que nos une y respetando las diferencias, con el único propósito de cumplir el mandato del Señor: “Que todos sean uno” (Juan 17:21a); y para que “se amen los unos a los otros y para que el mundo crea”. 

1.- EL DIÁLOGO ECUMÉNICO

     La llamada a la unidad de todos los cristianos fue proféticamente hecha por Jesús de Nazaret, cuando en su agónica oración en el huerto de los olivos, rogaba a su Padre celestial, diciendo: “Yo ruego por ellos… para que sean uno como nosotros” (Juan 17:9.11.). Está oración incluía también a aquellos que al recibir el mensaje (de unidad) de sus discípulos, llegarán a la fe en Jesucristo: “No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra” (17:20). El deseo más profundo de Jesús era la unidad de sus discípulos: “Que todos sean uno” (17:21a), y  para que por su testimonio de unidad todos los demás hombres creyeran en él: “Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (17:21b).

Pero, tal unidad de los cristianos se vio penetrada por los intereses mundanos. Ya en los primeros tres siglos del cristianismo, muchos líderes cristianos rompieron está unidad al aceptar los privilegios que el Edicto de Milán del emperador romano Constantino (año 313 d. C.) les permitirían gozar. Una Iglesia que en sus comienzos (aunque perseguida y martirizada) testimoniaba su fe y su unidad en Cristo, la vemos ahora (amparada y protegida) dividida y sumisa al poder del Sacro Imperio Romano; y que más tarde se convertiría en una Iglesia o Religión Oficial de ese Imperio (Iglesia “universal” o “católica”). Muchos cristianos, que rechazaban los privilegios del Edicto de Milán, huyeron a los más lejanos desiertos del Oriente Medio y del África Meridional para establecerse allí, y encontrar una nueva manera de ser mártires por Cristo viviendo con profunda ascesis el Evangelio. Ellos fueron construyendo pequeños cenobios, monasterios, conventos y ermitas dando más tarde origen al monacato cristiano oriental (primera división del cristianismo). Los Concilios de Arles (314 d. C.) y de Rímini (359 d. C.) en los que participaron Obispos de la Iglesia de Inglaterra, pretendían entre otras cosas, hacer un llamado a la unidad de la Iglesia. 

Las controversias cristológicas del debate teológico, provocaron divisiones doctrínales, que terminaron en sentencias de herejías. Causando nuevas heridas y divisiones a la unidad de los cristianos.

El “universalismo papal”, entendido en sentido religioso, en la baja Edad Media, trajo como consecuencia (por la lucha del poder temporal), casi en forma inmediata, el cisma de occidente y el cisma de oriente (nuevas divisiones entre cristianos).

Las Cruzadas y la Inquisición del Santo Oficio, contribuyeron a la ruptura y separación de muchos cristianos con la Iglesia de Roma.

Por otra, los desmanes y los abusos pontificios y el relajamiento e inmoralidad del Clero, a partir del siglo XII, fueron preparando la Reforma del siglo XVI, que estuvo liderada por el fraile agustino Dr. Martín Lutero.

La ruptura del emperador Enrique VIII con el papado causada por asuntos políticos, más que doctrinales o religiosos, abrió otra herida a la unidad entre los cristianos. Esto trajo como consecuencias el establecimiento de una iglesia nacional, autónoma e independiente en Inglaterra, pero que ha conservado hasta hoy, la misma doctrina católica, pero reformada y “no romana”.

Otra división causa a la cristiandad, surgió en 1870 con la celebración del Concilio Vaticano I, convocado por el Papa Pío IX, para la aprobación (para muchos fraudulenta, por la forma como se realizó la consulta y la votación) del dogma de la infalibilidad papal. Esto trajo como consecuencias la excomunión de muchos obispos y el surgimiento de la Iglesia Vetero Católica, que al igual que otras Iglesias conservaron la sucesión apostólica, pero separados del obispo de Roma.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, ideado y convocado por el Papa Juan XXIII, en la década de los años 60, abrigó la esperanza de la unidad de los cristianos. La Constitución Dogmática Lumen Gentium afirma: “La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él”. Y al mimo tiempo reconoce que “fuera de su estructura visible pueden encontrase muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica” (Nº 8). Lamentablemente, Juan XXIII murió antes de concluir el Concilio. Pero su sucesor Pablo VI, retomó la propuesta de su predecesor e inició el camino del llamado: “diálogo ecuménico”.

Según las palabras del Papa Juan Pablo II, en la Encíclica: “Ut Unum Sint”, afirma que: “El Ecumenismo trata precisamente de hacer crecer la comunión parcial existente entre los cristianos hacia la comunión plena en verdad y caridad” (Nº 14).

La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios, por eso: “¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él” (Juan 3:16-17). La división contradice la voluntad de Cristo, por eso la desunión de los cristianos constituye un escándalo para el mundo y perjudica hondamente la predicación del Evangelio de la unidad en Cristo a todas las criaturas.

Con el propósito de buscar la unidad perdida por los cristianos, surge un movimiento ecuménico que pretende restablecer a través del “dialogo interreligioso” la unidad de todos los cristianos. Este diálogo se ha venido dando entre los que invocan al Dios Uno y Trino y confiesan personal y comunitariamente  a Jesús como Señor y Salvador.

Por tanto, Creer en Cristo significa querer la unidad de los cristianos. Esta exigencia, debe llevarnos a una constante oración ecuménica, a una sincera conversión y aun auténtico y respetuoso diálogo que propicie la unidad en medio de la diversidad, y por ende la reforma de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dogmática Dei Verbum, afirma: “La Iglesia peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita continuamente; de modo que, si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente (…), deben restaurase en el momento oportuno y debidamente” (Nº 6). Comenta el Papa Juan Pablo II en su Encíclica: “Ut Unum Sint” que: “Ninguna Comunidad cristiana puede eludir esta llamada” (Nº 16). Es oportuno recordar que: “Al término de la asamblea conciliar, el Papa Pablo VI, reanudando el diálogo de caridad con las Iglesias en comunión con el Patriarcado de Constantinopla,  y realizando el gesto concreto y altamente significativo de “relegar en el Olvido” –y hacer “desaparecer de la memoria y del interior de la Iglesia”- las excomuniones del pasado, consagró la vocación ecuménica del Concilio” (Ídem, Nº 17).

El diálogo ecuménico en las comisiones mixtas debe continuar. Un diálogo entre iguales. Un diálogo respetuoso entre hermanos en Cristo. En un clima de oración, paz, tolerancia y reconocimiento de aquello que nos es común y de aquello que lamentablemente aún nos separa. Un diálogo en que los hermanos puedan debatir y respetar teológicamente sus puntos doctrinales, sus tradiciones y sus costumbres para llegar a acuerdos y declaraciones conjuntas. Un diálogo honesto, sincero, edificante y comprometido con la unidad de la fe. Un diálogo que exprese el deseo de Cristo: “Ut Unum Sint” =  “Que todos sean uno”.

 

2.- LOS FRUTOS DEL DIÁLOGO ECUMÉNICO

     En 1966, tras la conclusión del Concilio Vaticano II y el gran espíritu ecuménico que surgió después de éste, luego de 400 años de separación y distanciamiento entre nuestras Iglesias, el para entonces Arzobispo de Canterbury, Michael Ramsey se había reunido primero en Roma con el entonces Papa Juan XXIII (Llamado el papa bueno) con motivo de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962), en esta ocasión el Papa Juan XXIII expresó que: “hay que celebrar aquello que nos une; y hay que dialogar sobre aquello que nos separa. Ustedes no serán nunca más llamados protestantes, ni hermanos separados, simplemente se les llamará hermanos”; y años más tarde con el Papa Paulo VI (1966) para iniciar una nueva era ecuménica entre nuestras Iglesias con vistas a la remoción de las causas de nuestro conflicto y restablecer la unidad. Con esta finalidad se estableció la ARCIC, que ha producido una serie de acuerdos conjuntos: sobre doctrina eucarística en 1971; sobre ministerio y ordenación en 1973; y dos acuerdos sobre la autoridad en la Iglesia, en 1976 y 1981; que fueron presentados ese mismo año (acompañados de algunas aclaraciones) como El Reporte Final, que al parecer habían removido en gran medida los puntos sustanciales en áreas donde nuestras Iglesias estaban en permanente discordancia y conflicto, tras nuestra separación.

Estos acuerdos fueron reconocidos por la Conferencia de Lambeth de 1988 y ratificados en la de 1999 como congruentes “en sustancia con la fe de los anglicanos”. Es importante recordar que ya en 1991 la ARCIC había lanzado un documento titulado: “La Iglesia como comunión”, donde muy claramente expone porque la unidad espiritual no es suficiente explicándolo de la siguiente forma: “Para un cristiano la vida de comunión significa compartir en la vida divina, siendo unidos con el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo, y consecuentemente estar en compañerismo con todos aquellos que comparten el mismo don de la vida eterna. Esta es una comunión espiritual en la cual la realidad de la vida por venir ya está presente. Pero es inadecuado hablar sólo de una realidad espiritual invisible como el cumplimiento del deseo de Cristo para la Iglesia; la profunda comunión ideada por el espíritu requiere una expresión visible. El propósito de la visible comunidad eclesial es encarnar y promover esta comunión espiritual con Dios”. Y prosigue el documento diciendo: “Para que todas las iglesias estén juntas en comunión, en la única comunión visible que Dios desea, es requerido que todos los elementos constitutivos esenciales de comunión eclesial estén presentes y mutuamente reconocidos en cada uno de ellos. Entonces la comunión visible entre estas Iglesias es completa y sus ministros están en comunión mutua. Esto no implica necesariamente el mismo orden canónico; la diversidad de estructuras canónicas es parte de la aceptable diversidad que enriquece la única comunión de todas las iglesias”.

De hecho, esto se viene proponiendo desde las Conversaciones de Malinas en un documento titulado: “The Church of England united not absorved” (“La Iglesia Anglicana unida no absorbida”) de 1925, en la que propone o establece que podría haber una fórmula para que tras una eventual unión la Iglesia no perdiera su autonomía, leyes internas y liturgia, este modelo lo podemos encontrar en algunas iglesias orientales que regresaron a la comunión con Roma.

Es de reconocer que el trabajo de la ARCIC durante este tiempo nos ha mostrado que nuestras diferencias en cuanto a fe, práctica y visión de la autoridad no son irreconciliables, “AUN SI CONSIDERAMOS EL MODELO CENTRALIZADO DE AUTORIDAD ACTUAL DE LA IGLESIA ROMANA, YA QUE COMO HEMOS VISTO EL INFORME ESTABLECE QUE EN UNA IGLESIA RE-UNIDA LAS DECISIONES SE TOMARÍAN DE MANERA COLEGIAL Y NO POR UN SÓLO HOMBRE”.

 La ARCIC dice que la comunión con la sede de Roma podría traer a las iglesias de la Comunión Anglicana no sólo una amplia “koinonia”, sino también un fortalecimiento de poder para realizar su idea tradicional de diversidad en unidad. Los católicos romanos, por su lado serían enriquecidos por la presencia de una tradición particular de espiritualidad y escolaridad que le falta, la cual ha privado a la Iglesia Católica Romana de un precioso elemento en la herencia cristiana. La Iglesia Católica Romana tiene mucho que aprender de la tradición sinódica anglicana de involucrar al laicado en la vida y misión de la Iglesia.

El gran avance conseguido por la ARCIC, logró su punto más alto en mayo de 1999 al presentar el documento titulado: "El Don de la Autoridad", el cual proponía que en una eventual reunión los anglicanos pudieran aceptar la primacía papal bajo ciertas condiciones claras, así como retos para ambas comuniones si se comprometen a una vida común. Asimismo el Papa Juan Pablo II convocó a los líderes de otras Iglesias en su Encíclica: “Ut Unum Sint” (“Que todos seamos Uno”), para que juntos reformaran el rol del papado, de manera que juntos encontraran la manera que el ministerio del Obispo de Roma pudiera ser ejercido en una situación nueva.

Un balance de 30 años de diálogo fue hecho por obispos anglicanos y católicos romanos reunidos en Toronto, Canadá en abril del 2000; los cuales encontraron que ya era tiempo de que se firmara una declaración conjunta de fe, para lo cual habían acordado se formara una comisión conjunta que se dedicará exclusivamente a prepararla.

Finalmente del 26 de agosto al 3 de septiembre del 2000 la ARCIC se reunió en Paris para definir la forma en que se iban a poner en marcha los acuerdos tomados en la reunión de obispos y perfilar el futuro del diálogo.  Hasta aquí parecería que se había alcanzado un gran consenso entre nuestras Iglesias hacia un reconocimiento común, sin embargo nuevamente e ignorando el gran avance de 30 años de diálogo ecuménico no sólo entre nosotros, sino también entre otras confesiones cristianas, la Iglesia Católica Romana en el año 2000 publicó el documento: “Dominus Iesus” (“El Señor Jesús”), en el que retomó su antigua posición con respecto a las demás confesiones cristianas de ser la única y auténtica encarnación de la Iglesia de Cristo, y decir que aunque reconoce fuera de su comunión hay “muchos elementos de santificación y verdad” en las iglesias y comunidades eclesiales separadas de la Iglesia Católica Romana, “su eficacia, principalmente de estas últimas “deriva de la misma plenitud y gracia que fue confiada a la Iglesia Católica (Romana)”, con lo que se declara Madre de todas las denominaciones cristianas.

Sin embargo y pese a todas las voces que pronosticaban que esto detendría el diálogo ecuménico, en el 2001 se creó la “Comisión Internacional Católico Romana-Anglicana para la Unidad y la Misión”, una estructura a nivel episcopal que busca promover iniciativas prácticas capaces de expresar el nivel de fe compartida por anglicanos y católicos, la cual se dio a la tarea de preparar la publicación de un documento común sobre la fe.

Por su parte, en el 2005, la ARCIC publicó la declaración: “María: Gracia y Esperanza en Cristo”, con la cual dio importantes e inesperados pasos hacia una comprensión común de la Bienaventurada Virgen María. Sin embargo el Papa Juan Pablo II suspendió las pláticas oficiales entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Anglicana luego de la consagración episcopal de Gene Robinson, un hombre homosexual en una relación no-célibe, como Obispo en la Diócesis de New Hampshire de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos.

Pese a esto, el diálogo y el trabajo de la “Comisión Internacional Católico Romana-Anglicana para la Unidad y la Misión” continuó y en el 2007 elaboraron el documento: “Creciendo juntos en la unidad y la misión”, que reconoce la imperfecta comunión entre las dos iglesias, pero dice que existe suficiente terreno común para realizar “este llamado para la acción”. Asimismo reitera que “la Iglesia Católica Romana enseña que el ministerio del Obispo de Roma es el primado universal de acuerdo con los deseos de Cristo para la Iglesia y un elemento esencial de mantenerlo en unidad y verdad”. Por lo que "Urgimos a los anglicanos y católicos romanos a explorar juntos el misterio del Obispo de Roma y pudiera ser ofrecido y recibido para ayudar a nuestras comuniones a crecer hacia una completa comunión eclesiástica".

CONCLUSIÓN

     Reciente, nos sorprendió la noticia de la publicación por parte de la Iglesia Católica Romana de la Constitución Apostólica: “Anglicanorum Coetibus” (“Grupos de Anglicanos”, 20 de Octubre de 2009), aprobada por el Papa Benedicto XVI, en la que permite crear “ordinariatos” (o pequeñas diócesis no territoriales) destinados a acoger a grupos enteros procedentes de la Iglesia Anglicana que se encuentran inconformes con algunas decisiones como la ordenación de mujeres y de homosexuales como sacerdotes y obispos (decisiones que nuestra Iglesia Católica Reformada de Venezuela, Rito Anglicano rechaza categóricamente) pero que quieren conservar sus tradiciones anglicanas, nuevamente el diálogo entre la Iglesia Anglicana y la Iglesia Católica-Romana vuelve a la escena luego de un aparente estancamiento, y hay quienes consideran que es el primer paso para que ambas iglesias se reconcilien. Sin embargo detrás de esta decisión hay algunas cosas que es necesario analizar, estudiar y acordar.

Finalmente ahora con esta Constitución Apostólica, el Papa Benedicto XVI, parecería estar dando un paso adelante en este camino hacia la unidad, sin embargo hay que tener en cuenta algunos antecedentes. Durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, quien durante todo su pontificado demostró un verdadero espíritu ecuménico y puso como punto número uno de su labor la reconciliación de los cristianos, el para entonces Cardenal Joseph Ratzinger (hoy el Papa Benedicto XVI), prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, un ultraconservador, con el pretexto de guardar la ortodoxia de la Iglesia Católica Romana y aprovechando la enfermedad del papa emitió varios documentos que pusieron en peligro el diálogo entre nuestras Iglesias específicamente, en primer lugar sin que estuviera justificado de ninguna manera, emitió un comentario a una carta del Papa titulada: “Ad Tuendam Fidei” (“En Defensa de la Fe”), poniendo como ejemplos de doctrinas que sin ser consideradas “divinamente reveladas” deben ser tomadas por los católicos-romanos como obligatorias por haber sido “establecidas definitivamente por la Iglesia con su carisma de infalibilidad”: la ordenación sacerdotal exclusiva para los hombres y la reiteración de la declaración de León XIII con respecto a la nulidad de las ordenes anglicanas, en un momento en que la ARCIC había declarado que se podría reconsiderar el veredicto de la encíclica: “Apostolicae Curae”, y curiosamente este documento salió apenas unos días después de una reunión de la ARCIC y el documento “Dominus Iesus” salió justamente cuando estaba a punto de darse una declaración conjunta entre nuestras Iglesias.

Por lo que no es de extrañar que ahora desde su posición de Papa Benedicto XVI intente poner en práctica su propia visión del ecumenismo, de que “fuera de la Iglesia Católica Romana no hay salvación”, por lo que cualquier unificación de los cristianos debe darse al interior de la Iglesia. Y es que con este nuevo modelo de ordinariatos en primer lugar en cierto modo aprovecha una crisis interna de la Comunión Anglicana para poner sus condiciones al diálogo ecuménico y en segundo lugar lo implementa tomando como base los documentos: “Dominus Iesus” y “Apostolicae Curae”, ya que los sacerdotes anglicanos que sean recibidos tendrán que ser REORDENADOS, en lugar de haber dado un paso adelante como reconocer la validez de las ordenaciones anglicanas y continuar con la reforma al papado propuesta por su antecesor.

Y es que tal y como establece el documento: “Unitatis Redintegratio” del Concilio Ecuménico Vaticano II, “el verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior” y por lo tanto un diálogo realmente ecuménico no se puede dar en un contexto de yo soy la única Iglesia verdadera y las reglas para la reunificación de los cristianos las pongo yo, que es lo que en pocas palabras quiere decir la Iglesia Católica Romana con la actual Constitución Apostólica.

Es en este punto donde las opiniones se dividen en torno a dos cuestiones: unidad de fe o unidad orgánica. Para unos, una declaración conjunta sería el fin último del movimiento ecuménico, mientras que para otros, no se pueden separar ambas cosas. La cuestión es como podemos interpretar las palabras de nuestro Señor Jesucristo quien oro al padre para que sus seguidores fueran uno “así como nosotros somos uno... y el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Cf. Juan. 17,22-23). ¿Acaso la unidad entre el Padre y el Hijo no es una comunión perfecta, como la que tendría que tener Su Iglesia?

Así que este parece ser un buen momento  –pese a la aceptación o no de de algunos miembros de la Comunión Anglicana de la Constitución Apostólica-  a la luz de los últimos acontecimientos para que como anglicanos comprometidos con el presente y futuro de nuestra Iglesia, nos tomemos un momento en la reflexión de este diálogo ecuménico, que debería ser importante para ambas Iglesias en la búsqueda de la unidad (como un primer paso para la reconciliación de los cristianos) y así contribuir a la reconstrucción de la Iglesia que profesamos que es: Una, Santa, Católica y Apostólica, fundada por nuestro único Señor y Salvador Jesucristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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